TABACO PALMERO

El verde tierno de los semilleros inunda en los meses de noviembre y diciembre las tierras palmeras. Es el color inconfundible del tabaco. Para el cosechero Augusto González: “el mejor tabaco del mundo está en Pinar del Río, Cuba y en La Palma; así se ha dicho, se dice y se dirá”.

El ciclo productivo comienza con la confesión del semillero y termina con la fermentación de los pilones de hojas, llegando después a las manos de los artesanos. Pero antes se tuvo buen cuidado de guardar un puñado de semilla para el año próximo, escogido con esmero de las mejores plantas.

La artesanía del tabaco se introdujo en La Palma a mediados del siglo XIX, con el retorno de los emigrantes que habían ido a Cuba en busca de fortuna. Viene de lejos su fama y su reconocimiento.

Las semillas actuales llegaron de Cuba en los años cuarenta del siglo pasado; llamadas popularmente pelo de oro, su presencia significó en la posguerra que muchas familias pudieran subsistir cultivando un puñadito de tabaco, en un trabajo en el que colaboraban todos sus integrantes. Las mujeres, por las noches, hacían guardia en los semilleros de postura – plantas pequeñas de tabaco – con jachos, o antorchas encendidas, para evitar que fueran atacados por las roscas, gusanos que aparecen tras la puesta de sol.

Con la isla caribeña comparte La Palma, además de una relación entrañable, las voces de la elaboración de los puros que, con el transcurso de los años, han pasado al habla popular con un significado diferente al original. La forma y el tamaño de los puros también tienen su denominación particular. Los panetelas, largos y delgados; los coronas, grandes; los viuditas – voz más elegante que la originaria, breva – , pequeños y con rabito; los nuncios, grandes y de considerable grosor.

No sólo el varón – aunque predomina – trabaja en el minucioso arte de entremezclar las mejores hojas, también la mujer palmera conoce ese secreto heredado de generaciones, consiguiendo además – no se sabe por qué – que sus femeninas manos, curtidas por el fermento del tabaco, realicen en una jornada laboral, una producción mayor de puros.

Una tabaquería o un chinchal – como se denomina en Cuba un pequeño negocio – esta presidida en La Palma por una mesa con faldón de saco, donde se van poniendo los recortes. Sobre ella, una tabla de madera dura, por lo general de palo blanco; la máquina, una simple cortadora mecánica, la cuchilla y el huevero, recipiente que contiene el pegamento elaborado artesanalmente. Son útiles sencillos manejados, junto con la prensa, por manos ágiles y sabias.

Los puros palmeros son sinónimo de calidad, de trabajo bien hecho. Algunos, aprovechando su fama, pretenden denominar como palmeros a otros realizados fuera de la isla. Para evitar el fraude se han arbitrado medidas, llevando los verdaderos puros de La Palma un sello oficial de garantía.

Uno de los valores más codiciados de este tabaco es su aroma, que se consigue con las buenas cosechas en las zonas de La Caldera – procedente de la Hacienda del Cura del parque nacional de La Caldera de Taburiente – La Rosa (Villa de Mazo), Breña Alta, Breña Baja, El Paso y Santa Cruz de La Palma. También su quemado parejo circular, su ceniza blanca.

Elaborado el puro, comienza la ceremonia ritual de buen fumador: los expertos se enjuagan la boca para saborearlo mejor, lo aprietan cerca del oído para oír si cruje mucho o poco dependiendo de la humedad, lo encienden con fósforo de palo y, sobre todo, se relaciona con él relajado  y tranquilo, dejándose envolver por su aroma y entablando un fructífero diálogo con el humo.

Galeria de Imagenes